9 de octubre de 2008

Free - Fire & Water (1970)


LA INVASIÓN BRITÁNICA DEL R&B

La banda Free es una de las principales representantes, junto con Led Zeppelin y Cream, de la denominada invasión británica del rock & blues que se produjo a finales de los 60 y principios de los 70. La música tradicional americana fue recogida por jóvenes artistas ingleses que, adaptándola a la realidad de las nuevas generaciones y dotándola de una mayor fuerza y crudeza, engendraron obras magistrales.

Cuando este género era abordado por músicos de especial talento el éxito estaba asegurado. Con Free sucedió exactamente eso; cada uno de sus integrantes era excepcional en su trabajo. Paul Rodgers, una de las mejores voces que ha dado la historia del rock, dotó al grupo de una fuerza sin igual; Paul Kossoff entregó sus mejores años como guitarrista, ofreciendo incendiarios solos y riffs excepcionales de puro rock & blues; Andy Fraser sumó su destacada habilidad con el bajo y su gran juventud (al fundarse la banda tenía solo 15 años, aunque ya había trabajado junto al mítico John Mayall); y Simon Kirke su incansable energía con las baquetas.

Los inicios del grupo se remontan al año 1968, cuando Kossoff y Kirke abandonaron su anterior banda, Black Cat Bones, y descubrieron a Paul Rodgers cantando en un pub de rock & blues en Finsbury Park. Impresionados por la potente voz de carácter soul y los excéntricos movimientos del escuálido Rodgers, procuraron incorporarlo al nuevo grupo que pretendía formar. El fichaje del joven y talentoso Fraser acabó de dar forma a la banda.

El primero de sus discos fue Tons of Sobs, repleto de temas electrizantes que no cosecharon un gran éxito. La banda era extremadamente joven; incluso obviando al bajista, ninguno de sus integrantes alcanzaba los veinte años de edad. El segundo álbum de Free fue un disco homónimo que tampoco trascendió demasiado en el panorama musical, pese a incluir temas realmente destacados. Durante esa época la banda se estaba encontrando a sí misma, teloneando a grupos importantes como Blind Faith, y preparándose para alcanzar la cima del éxito.

Éste llegó mediante el LP Fire and Water, el mejor de los trabajos de Free y un auténtico clásico de la historia del rock que alcanzó el número 2 en las listas británicas y el 17 en las americanas. El disco posee un trabajo de producción mucho más depurado y contiene siete pistas excelentes, incluyendo la inmortal All Right Now, dotada de un pegadizo riff que ha hecho y sigue haciendo estragos en las radios de todo el mundo. Paul Rodgers domina ya su voz a la perfección y los sonidos que Kossoff arranca a su guitarra Gibson se presentan menos sucios pero con la misma energía que en discos anteriores. La composición de las canciones corrió a cargo de Fraser y Rodgers como era habitual.

Podemos afirmar que es un disco redondo de los pies a cabeza. Fire and Water, tema que abre el LP y da nombre al disco, es otro de los grandes éxitos de la banda. Le siguen canciones que mantienen un homogéneo nivel de calidad, tales como Oh I Wept o Remember, que ya aparecía entre los descartes del primero de sus discos bajo el nombre de Woman by the Sea. La cálida voz de Rodgers convierte la mayoría de los temas en melodías pegadizas que difícilmente podremos olvidar, como sucede en el caso de Mr. Big y Heavy Load. En general la tonalidad del disco es más relajada, sin que por ello los riffs de Kossoff y la batería de Kirke dejen de resultar inspiradores para el movimiento hard rock que acababa de iniciarse. La balada Don’t say you love me da nueva muestra de la aptitudes vocales de Rodgers y, finalmente, el disco cierra con el super hit All Right Now.

Dicha canción significó el salto a la fama para Free. A raíz de su popularización fueron contratados para actuar en el Festival de la Isla de Wight en el 70, donde ofrecieron un magistral actuación ante 600.000 personas y fueron una de las bandas más ovacionadas. Los años posteriores, sin embargo, depararían momentos difíciles. Surgieron tensiones en la banda y tras sacar al mercado algún trabajo más, acabaron separándose. Kossoff, con graves problemas de drogadicción que le consumirían con tan sólo 25 años, sacó un trabajo en solitario mientras Rodgers y Simon Kirke formaban el exitoso grupo Bad Company.

Todo ello no ha impedido que Free sea recordada como una de las mejores bandas de su época. Su música sigue simbolizando esos años dorados en los que los grupos británicos parecían querer apropiarse de las raíces bluseras, desembarcando en el continente americano para plantar cara a las bandas estadounidenses. Fire & Water es uno de los frutos de esa bendita competencia.

“Every single day I got a heartache coming my way.
I don’t wanna say goodby baby
but look at the tears in my eyes…”





Discover Free!

1 de octubre de 2008

Jack Johnson – In Between Dreams (2005)


PLAYAS, SURF Y BUENA MÚSICA

A estas alturas no voy a descubrir a Jack Johnson. La mayoría habrá oído hablar alguna vez de este cantautor nacido en Oahu (Hawai), cuya música suave e inspiradora es degustada ya por público de todas las edades. Sus melodías tranquilas y placenteras han gozado de gran popularidad en MTV e incluso han sido utilizadas para la banda sonora de alguna película. Y es que este músico de marcado carácter ecologista y comprometido aporta algo fresco y diferente que echábamos de menos en el panorama musical.

Jack Johnson es un ex surfista profesional que a los 17 años casi perdió la vida a causa de una ola gigante. El accidente le obligó a retirarse de las competiciones durante un tiempo, época que aprovechó para componer un puñado de canciones. Siguió ligado al surf durante algunos años, trasladándose a California, y en 2001 el músico Ben Harper le contrató para su sello discográfico. Debutó con éxito mediante su primer trabajo Brushfire Fairytales y, posteriormente, ya mediante su propio sello, sacó al mercado On and On. Sus letras comprometidas, críticas frente al capitalismo y el impacto medioambiental, calaron en el público y la crítica.

En 2005 publicó In Between Dreams, a mi parecer el mejor de todos sus discos. Resulta difícil clasificar el estilo del álbum; como el resto de sus trabajos reúne sutiles influencias de géneros dispares como el funk, el pop, el reagge o el folk. Pese a ello, la música de Johnson tiene una identidad propia, una serena cadencia que, marcada por su suave voz, embriaga los sentidos. Sus canciones, críticas pero revestidas de un extraño optimismo, evocan idílicas imágenes de playas hawaianas y son ideales para alumbrar nuestros días más grises. Por decirlo de una manera sencilla: resulta difícil encontrar música que nos ponga de buen humor pero In Between Dreams lo consigue en un par de canciones.

Como efectivo antídoto contra el desánimo, el disco abre con uno de sus éxitos más celebrados, Better Together. Le siguen tres temas sin desperdicio, Never Know, Banana Pancakes y Good People, donde Johnson nos invita a relajarnos, a dejarnos llevar por su rítmica dicción mientras nos habla sin fatalismos de la confusa naturaleza humana o de cómo combatir el estrés cotidiano. Otra pieza clave es el tema No Other Way, donde el cantante muestra su vertiente más sensible ofreciendo un romántica y bella balada. Lo mismo sucede con el tema Belle, con acompañamientos de acordeón y sencillas letras que emplean distintos idiomas. Citaré también Breakdown con aportaciones de ukelele y auténtico sabor hawaiano y Constellations, tema que cierra el disco y constituye, a mi parecer, la mejor canción del álbum. Finalmente, cabe mencionar que el tema Sitting, Waiting, Wishing estuvo nominado a los Grammy en la categoría de Mejor Interpretación Pop Masculina.

Se trata, en definitiva, de un delicioso LP cuyas mayores virtudes radican en la riqueza sonora de la guitarra acústica y en la rítmica de los versos de sus canciones. Naturalidad y frescura van siempre de la mano en todos los trabajos de Jack Johnson porque el cantautor encarna esa autenticidad tan apreciada en el mundo de la música. Sus letras son comprometidas porque él se halla comprometido con el mundo que le rodea, y así lo demuestra utilizando camiones con biodiesel durante la gira o donando parte de lo recaudado en sus conciertos a proyectos medioambientales. In Between Dreams invita por ello a reflexionar, pero también a apartar nuestros problemas cotidianos y dejarnos embriagar sólo por la música, gozando de esos preciados y raros momentos de absoluta tranquilidad.

"Can't you see that it's just raining,
ain't no need to go outside..."





Discover Jack Johnson!

26 de septiembre de 2008

Blue Cheer - Vincebus Eruptum (1968)



LA ANTESALA DEL HEAVY METAL

En efecto, este disco editado en enero del 68 está considerado como el principal precursor de un género que viviría álgidos momentos en décadas posteriores. A finales de los sesenta, el rock & blues y la psicodelia ejercían su hegemonía en el panorama anglosajón sin imaginar que poco más tarde serían desplazados por la contundencia del hard rock y el heavy metal.

Resulta difícil concebir que el disco debut de una discreta banda de San Francisco pueda ser considerado el inspirador de un movimiento musical sin precedentes. Pero los tres integrantes de la banda, Dickie Peterson (bajo y voz), Paul Whaley (batería) y Leigh Stephens (guitarra) crearon una obra monumental que dibujó las bases del metal mediante tan sólo 6 pistas. Incluso se afirma que ha dado origen a géneros más específicos como el stoner rock. Lo cierto es que las cualidades técnicas de los músicos eran más bien discretas, pero la potencia y demoledora fuerza que irradian cada una de las canciones de su primer disco Vincebus Eruptum dejan claro que nos hallamos ante un álbum excepcional.

Se trata de un disco cargado de decibelios y, como tal, debe escucharse a considerable volumen. Las atronadoras y plañideras guitarras de Leigh Stephens se pierden en un vasto y caótico océano de distorsiones que no parecen tener fin, mientras la contundencia de la sección rítmica a cargo de Whaley determina la abrumadora potencia del grupo. Las canciones tienen su base en el blues clásico pero desarrollan matices psicodélicos mediante ácidos y fascinantes solos de guitarra (en realidad, el nombre de la banda procede de una variedad de LSD utilizada durante los 60). El cocktail lo complementa la desgañitada y característica voz de Dick Peterson y la más que evidente influencia de The Jimi Hendrix Experience.

Vincebus Eruptum se compone básicamente de temas clásicos versionados. En primer lugar, y en un puesto destacado, hallamos el tema Summertime Blues de Eddie Cochran, donde se incorpora el riff de Foxy Lady de Hendrix. El cover es, bajo mi punto de vista, el mejor de cuantos se han hecho, muy por encima de la versión de The Who. De hecho fue un auténtico éxito, alcanzando el puesto 14 del Billboard. Por otra parte tenemos dos temas de blues como Rock me baby y Parchment Farm que bajo la mano de los Blue Cheer adquieren una nueva dimensión. Retumban como un yunque en nuestra psique y nos conducen por veredas desconocidas, custodiadas siempre por pesadas guitarras. La otra joya del disco es un tema escrito por Peterson, Out of Focus, dotado de un riff profundo y pegadizo que fascina desde el primer contacto. Si citamos el áspero y caótico tema Doctor, please, donde las guitarras alcanzan lamentos espeluznantes, y Second Time Around, como cierre del disco y ejemplo de la intensidad de Whaley, pondremos el perfecto colofón a un LP impresionante.

Sin embargo, el éxito alcanzado con Vincebus Eruptum no se repetiría. Los cambios en los integrantes de la banda redujeron considerablemente la calidad de los trabajos y dieron como fruto discos bastante discretos si los comparamos con este magistral debut. Pese a ello, tras muchos años, los Blue Cheer siguen siendo los principales responsables de que el rock alcanzara límites de potencia sonora nunca antes explorados.


"Now won't somebody tells me what's wrong
tell me what's wrong with me..."







Discover Blue Cheer!

25 de septiembre de 2008

The Black Keys - Attack & Release (2008)




ROCK & BLUES CON SABOR AÑEJO

Los fanáticos del rock de los 60 y los 70 encuentran poco consuelo en el panorama musical actual. Sin embargo, buscando cuidadosamente, puede uno dar con joyas del calibre de The Black Keys, que ayuden a curar esa eterna nostalgia. Dan Auerbach y Patrick Carney son el claro ejemplo de que las nuevas generaciones también beben de los clásicos del pasado y pueden, mediante su influencia, crear excelentes discos. Este dueto de Ohio nos ofrece una música cruda y sin artificios, basada en un rock & blues de la vieja escuela que inevitablemente rememora las épocas doradas de grande nombres de la música coma Black Sabbath, The Rolling Stones, Jimi Hendrix o Creedence Clearwater Revival.

La fórmula minimalista popularizada por White Stripes permite disfrutar de un sonido simple pero cargado de sentimiento. El apego de estos muchachos por el blues parece evidente en cada canción y ello siempre es garantía de entrega y emociones. No obstante, tampoco desechan otros géneros como la psicodelia; sus riffs se tornan a veces hipnóticos evidenciando también la admiración proferida a músicos como Junior Kimbrough (cuyas canciones versionaron en el disco Chulahoma). Pero en su conjunto, las sucias melodías de The Black Keys definen un sonido garajero que da nombre y apellidos al dueto estadounidense.

Attack & Release es el último de sus trabajos. Anteriormente nos brindaron varios álbumes muy notables, especialmente Magic Potion, que tal vez pueda ser considerado el mejor de cuantos hayan publicado hasta la fecha. Pero el nuevo LP contiene algunos temas muy destacados que dejan patente la evolución de una banda ya madura, abierta a pequeñas experimentaciones que no empañan la identidad del grupo. La voz de Dan Auerbach sigue sonando como un eco en nuestros oídos, dejándonos un dulce sabor añejo.

Destacaría el tema Psychotic Girl como lisérgico medio tiempo que incorpora piano, banjo y coros en algunos pasajes; posiblemente la mejor pista del álbum. Le siguen de cerca She Won’t Break y Lies, donde la banda crea también auténticos clásicos en una línea similar. Same Old Thing es otra buena canción que incorpora instrumentos de viento tal vez con poca fortuna. No obstante, existen otras pistas donde el sonido frenético y rabioso de The Black Keys cobra su auténtico significado; I Got Mine y Strange Times dotan al álbum de una clásica energía, con generosa distorsión guitarrera y furiosa batería.

Debo destacar también las dos versiones (cara A y cara B) del tema Remember When. La canción nos es presentada mediante géneros casi opuestos; por una parte en forma de balada de aire espectral, con voz digitalmente alterada y sonidos espaciales, y por otra a través de un formato punk-garajero que nos contagia su febril velocidad.

En términos generales, un disco y un grupo realmente recomendables. Auerbach y Carney, pese a proceder del auténtico Medio Oeste americano, nos regalan una música de marcado carácter sureño, polvorienta y ya en desuso, pero que sigue cautivando al público de hoy y de siempre. Si no habíais oído hablar de The Black Keys os garantizo un fascinante descubrimiento.


"I was a movin' man
in my younger days
but I've grown out
of my ramblin' ways..."






Discover The Black Keys!

7 de agosto de 2008

The Offspring - Smash (1994)



PUNK ROCK EN ESTADO PURO

Probablemente este disco deba ser considerado, junto con Nevermind de Nirvana y Dookie de Green Day, como uno de los más influyentes en la década de los 90. Singles como Self Esteem o Come Out and Play quedaron firmemente arraigados en los adolescentes de la época debido a sus atractivas letras y pegadizas melodías. The Offspring siempre ha tenido esa capacidad innata para moldear el punk hasta convertirlo en un producto apto para el gran público. No obstante, esta habilidad le ha reportado duras críticas entre los puristas del género, quienes han tachado a la banda californiana de excesivamente “comercial”. Este último término es sumamente recurrente y peyorativo en círculos musicales alternativos, sin embargo, no debe estar obligatoriamente reñido con la calidad musical o el reconocimiento. Smash es un buen ejemplo de ello.

The Offspring apostó desde sus inicios por un punk rabioso y rotundamente californiano. De hecho la música de la banda ha sido el arquetipo de la música de la costa oeste durante muchos años; grupos posteriores para adolescentes han adoptado el género y exprimido su fórmula hasta la saciedad. Los dos discos previos a Smash, sin embargo, era algo más sucios en su producción y presentaban un grupo más sumergido en la escena punk americana. Después de varios cambios en algunos integrantes de la banda y de procurar hacerse un hueco en el panorama musical, The Offspring lanzó su tercer trabajo bajo el sello Epitaph y consiguió batir todos los récords imaginables.

Smash vendió más de 13 millones de copias, pulverizando las listas de éxitos y abriendo las puertas del punk rock a una nueva generación. El grunge imperante durante los últimos años quedó atrás y bandas como NOFX o Rancid tuvieron la oportunidad esperada. Además, The Offspring explotó el fenómeno MTV a la perfección: sus videoclips, con escasos medios técnicos, calaron hondo en los espectadores. La imagen de Dexter Holland (vocalista y guitarrista), que por aquel entonces lucía pelo largo y trenzado, acompañado por Noodles (guitarrista) fue bombardeada sin cesar por televisión. La juventud de la época captó el mensaje y respondió saqueando las tiendas de discos.

Musicalmente hablando, el LP con el que la banda de California dio el salto al estrellato es toda una lección de entrega, fuerza y solidez. Lejos de temas con mayor carácter pop como los contenidos en discos posteriores, Smash posee canciones pegadizas pero siempre aderezadas con un toque oscuro y furioso. El ejemplo más patente es Self Esteem, donde la poderosa voz de Dexter nos ofrece un auténtico himno de los 90. La verdad es que las canciones del álbum se han convertido en clásicos del punk rock del que han gozado también posteriores generaciones. Genocide o Come out and play siguen soportando magníficamente el paso del tiempo y su escucha nos continúa poniendo la piel de gallina. Algunos de sus pasajes revelan, además, una conciencia ante problemas sociales como las drogas, la violencia o la xenofobia que siguen patentes hoy en día.

Pese a que The Offspring no es precisamente una de las bandas de actitud más displicente en el panorama punk rock (recordar que Dexter fue un nerd que se graduó en secundaria con honores) su música contiene una rabia y una energía que se trasmiten fácilmente al oyente. Reflejo de todo ello es otro clásico de los californianos, Bad Habit, donde las voces furiosas del líder de la banda nos hablan de la peligrosa asociación entre armas y conducción. Dexter parece disfrutar también con temas de carácter eminentemente punk, donde la letra gira siempre entorno a la paranoia o a conductas agresivas. Es el caso de otras canciones como Beheaded, Burn it up o Special Delivery, recogidas en otros trabajos, y de Gotta Get Away, incluida en el propio Smash.

El coqueteo con el ska en el tema What happened to you?, genero que abordarían también en posteriores LP’s, y la canción It’ll be a long time, de furiosa sección rítmica y letras comprometidas, son otras piezas destacables.

Concluyendo, nos hallamos ante una joya de la pasada década que, como Nevermind, demostró la posibilidad de lograr un éxito vertiginoso partiendo de la nada. The Offspring cimentó con Smash una auténtica carrera musical que se prolonga hasta nuestros días. Recientemente la banda ha lanzado un nuevo trabajo, Rise and Fall, Rage and Grace en el que hallamos canciones pegadizas, baladas que parecen diseñadas para MTV y pistas enérgicas que recuerdan a las mejores etapas del grupo. En realidad, el tema Trust in You, por ejemplo, parece extraído del mismísimo Smash.

Evaluando la carrera del grupo cabe señalar que, si bien en sus últimos trabajos han adoptado un cariz más pop, los años no les han arrebatado esa poderosa energía que les caracterizaba. Ello nos invita a hacer un ejercicio de reflexión y librarnos de perjuicios absurdos. Si el término “comercial” significa diez años más de discos realmente notables, ¿qué hay de malo en ello?


“Hey man you know I’m really okay
The gun in my hand will tell yo uthe same
But when I’m in my car
Don’t give me no crap
Cause the slightest thing and I just might snap”


Come Out and Play (videoclip)

25 de julio de 2008

Chuck Berry: The Anthology (2000)



EL PADRE DEL ROCK N’ ROLL

En líneas generales, no soy muy partidario de los “Greatest Hits”. Pienso que a menudo generan un efecto negativo en las personas que desean acercarse por vez primera a la obra de un músico o de un grupo concreto. Normalmente reúnen canciones procedentes de épocas muy dispares de sus carreras y difícilmente pueden ofrecer una visión completa de la evolución de los artistas. Además, las listas de éxitos siempre son polémicas, pues incluyen o descartan temas de forma subjetiva. Sin embargo, en el caso de Chuck Berry: The Anthology propongo hacer una excepción.

Porque estamos hablando ya de música con mayúsculas. La figura de este legendario intérprete nacido en 1926 en Saint Louis (Missouri) es tan importante y decisiva para la música moderna que podrían escribirse páginas y páginas sobre ella. La influencia que ha supuesto su obra para generaciones posteriores es tremenda; grupos como The Beatles, Cream, The Byrds, Grateful Dead, The Rolling Stones o Status Quo han versionado alguno de sus temas, así como intérpretes del calibre de Bruce Springsteen, Elvis Presley, Jerry Lee Lewis, Johnny Winter o Jimi Hendrix, que se han declarado firmes admiradores de Berry. Por otra parte, está considerado como uno de los padres del rock n’ roll, especialmente en lo que se refiere a la temática de sus canciones. Chuck Berry captó el espíritu adolescente de los 50 y lo trasladó a su música: cadillacs, chicas y, ante todo, diversión.

Caracterizado por un espectacular dominio de la guitarra y una dicción ejemplar, las actuaciones de este intérprete eran un auténtico espectáculo. En un principio, Chuck se erigió como un prometedor artista de gran popularidad en las listas de música negra, pero pronto daría el salto a las emisoras blancas y contaría con fans de todos los colores. Berry se hizo famoso por su sentido del humor y sus constantes muestras de flexibilidad; popularizó el ya legendario “duck walk” o andar de pato, que desataba pasiones entre sus fans. Actualmente, pese a su avanzada edad, sigue dando conciertos alrededor del mundo con una agilidad considerablemente mermada pero con las mismas dosis de simpatía que le distinguían en sus inicios.

Sin embargo, el verdadero carácter de Chuck Berry dista mucho de ser amigable. Sus biografías hablan sobre sus arranques de ira, su incapacidad para exteriorizar sentimientos y su carácter huraño. De hecho existen algunos incidentes que nos dan buena muestra de ello; especialmente conocido es el capítulo de Keith Richards guitarrista de los Rolling Stones y gran fan de Chuck. En una ocasión fue expulsado por éste del escenario cuando compartían una actuación y en un segundo encuentro se afirma que incluso llegaron a las manos en los camerinos.

Lo verdad es que Chuck Berry ha sido siempre un hombre polémico, con una vida repleta de problemas con la justicia. Siendo joven fue encerrado en un reformatorio por robar armas y ya en la década de los 60 fue denunciado por tráfico de menores cuando contrató a una joven apache y la trasladó desde México para trabajar en uno de sus clubs. La chica, de 14 años, acusó a Berry de abusos sexuales (difícil saber si se trató de un chantaje o había algo de verdad en todo ello) y el cantante pasó varios años en prisión.

No obstante, tras salir de la cárcel y comprobar que el panorama musical había cambiado considerablemente, Berry supo adaptarse a la circunstancias y reemprendió su carrera. Lo cierto es que su obra se había revalorizado mediante la promoción que de ella habían hecho grupos en boga como los Beatles, y el cantante pudo así continuar su trayectoria. En realidad, los temas de Berry difícilmente podían pasar de moda e incluso hoy en día siguen inspirando a las nuevas generaciones, pues contienen todo aquello que representa el rock n’ roll.

Las canciones que conforman The Anthology tienen poco desperdicio. Encontramos, por supuesto, el que es probablemente su mayor hit: Johnny B. Goode, un auténtico clásico. La canción tuvo el privilegio de ser incluida en el disco de oro que se creó para viajar a bordo de la sonda espacial Voyager en 1977. En él se recogía música representativa de distintas regiones de la tierra para lanzarla al espacio y ofrecer información sobre nuestro planeta a quien pudiera hallarla.

Entre el resto de canciones del recopilatorio encontramos temas célebres como Roll Over Beethoven o School Days, que ocuparon en su día notables posiciones en las listas de éxitos. Sweet Little Sixteen fue adaptada por los Beach Boys en tributo a Berry, convirtiéndose en la arrolladora Surfin’ USA. También hay espacio para algunos temas de blues, como Confessin’ the Blues, género en el que Berry practicó algunas incursiones sin demasiado éxito pero mostrando bastante talento. De hecho, cabe señalar que en su adolescencia era un gran fan del gran bluesman Muddy Waters y fue precisamente éste quien le aconsejó dirigirse a la discográfica Chess Records con la que Chuck Berry desarrolló gran parte de su carrera musical.

Otros temas incluidos son Too Much Monkey Business, adapatada posteriormente por The Kinks con aire garajero; You Never Can Tell, popularizada mediante la banda sonora de Pulp Fiction; Reelin’ & Rockin; Brown Eyed Handsome Man o Thirty Days. Finalmente, entre las 50 canciones que recogen en dos discos la antología del genio de St. Louis, cabe destacar también Bio, pieza en formato de blues que constituye un autobiografía del cantante, y My Ding-A-Ling, canción de aire colegial que constituye el único número uno en su carrera y donde algunos han visto una oda a la masturbación masculina.

La selección es ciertamente acertada e incluye prácticamente todos los grandes éxitos de Chuck Berry con un sonido mejorado. Por lo tanto poca cosa más puede añadirse: recopilatorio altamente recomendable.


Ridin' along in my automobile
My baby beside me at the wheel
I stole a kiss at the turn of a mile
My curiosity runnin' wild
Cruisin' and playin' the radio
With no particular place to go





Discover Chuck Berry!

9 de junio de 2008

Nirvana - In Utero (1993)


SUICIDIO MUSICAL

Huelga presentar a la banda de Seattle y sobran también referencias respecto al proceso de creación del grunge y a su drástica popularización a principios de los 90. Todo el mundo que fuera o no joven en esa época ha entonado alguna vez el rabioso canto a la adolescencia que supone Smells Like Teen Spirit. Poca gente desconoce la figura de Kurt Cobain y la enorme influencia que ejerció Nirvana en la industria musical, permitiendo trasladar la denominada “música alternativa” al público de masas. Porque es indudable que Nirvana fue un auténtico fenómeno a escala mundial, el mayor tras la disolución de los Beatles.

Sin embargo, aunque pueda sorprender a algunos, también existen acérrimos detractores de esta banda. Los puristas acusan a Kurt Cobain de haber autoalimentado intencionadamente su fama mediante una cínica actitud de hastío frente a los baños de multitudes, de haber utilizado un género más que inventado para crear música pop de adolescentes, de ser una farsa, una invención de las discográficas para ganar dinero, etc. Debemos reconocer que, musicalmente hablando, los discos de Nirvana no constituyen una innovación demasiado notable, pese a su excelente calidad. Grupos como Pixies, Sonic Youth o Pearl Jam llevaban años tocando cuando Cobain saltó a la fama, asentando las bases que la gente de Nirvana explotaría posteriormente. Sin embargo, bajo mi punto de vista, ello no resta importancia o mérito a todo lo que consiguió el trío de Seattle. Pocos grupos pueden afirmar haber desbancado a Michael Jackson del número uno del Billboard. Nirvana consiguió eso y mucho más. Fue decisiva, a mi parecer, para que el rock alternativo tenga hoy en día el sitio que se merece y para animar a jóvenes grupos debutantes; demostró que incluso la música de minorías puede convertirse en un auténtico fenómeno si existe suficiente talento y suerte.

Pasando a analizar el disco que nos ocupa, cabe decir que In Utero es el último LP en estudio de Nirvana antes del suicidio de Kurt Cobain a principios de abril del 94. El tremendo éxito alcanzado con el anterior trabajo Nervermind había causado una gran expectación entre los fans, ansiosos por saborear los nuevos frutos del genio de Seattle (aunque realmente Cobain nació en Abdereen, Washington). Lo cierto es que las acusaciones sobre el carácter comercial y en ocasiones pop de algunas canciones del anterior LP habían hecho mella en Kurt, quien realmente era un apasionado de la escena alternativa de Seattle y adoraba a grupos como los Melvins, que encarnaban el auténtico espíritu grunge. Le preocupaba la pulcritud sonora de Nevermind y deseaba hacer un disco claramente opuesto al anterior. Esto causó que el período de grabación estuviera marcado por considerables fricciones con la discográfica Geffen Records, la cual deseaba sacar un trabajo más accesible al gran público. In Utero llegó a ser calificado de auténtico “suicidio musical” de la banda. Sin embargo, Cobain impuso su voluntad.

Muchas de las canciones que aparecen en el disco fueron compuestas originalmente en 1990, antes de que Nirvana diera el salto a la fama. Temas de gran sensibilidad como Pennyroyal Tea, Dumb o All apollogies son buenos ejemplos de ello. Cobain era, por circunstancias familiares y personales, un ser sumamente atormentado e hipersensible. Su adicción a las drogas (empezó tomando LSD en su adolescencia y posteriormente empezó a consumir heroína en grandes cantidades) jugó también un papel determinante a la hora de dar forma a su oscura y raquítica poesía. Se sentía abrumado, incapaz de compaginar sus adicciones con la presión que sobre él habían depositado la industria y los fans. Se trataba de un ser frágil, emocionalmente inestable y a menudo sumido en fuertes depresiones, incluso durante los años de mayor éxito de la banda.

Realmente, hablar sobre las canciones de Nirvana es hablar sobre la vida y el padecimiento de Kurt Cobain. Sus letras estaban lo suficientemente codificadas como para alimentar el interés y la especulación de los fans, pero destilaban angustia y desesperación. Los significados son, como suele ocurrir, difíciles de concretar. Se cree que All apologies habla sobre el sentimiento de culpa que sentía el músico frente a su incapacidad para soportar la presión; Rape Me podría contener, en sus posteriores arreglos, referencias a los abusos que hacían sus antiguos amigos de su popularidad, revelando informaciones íntimas y demás; Dumb habla sobre su incapacidad para ser realmente feliz y Pennyroyal Tea tal vez haga referencia a su adicción a la heroína.

El tema que abre el disco, Serve the Servants, es claramente autobiográfico. Existen menciones para las críticas que acusaban a su esposa Courtney Love de estar envenenando y manipulando a Cobain (“...if she floats than she is not a witch what we thought...”) y para su difícil relación con su padre (“...I tried hard to have a father but instead I had a dad...”). Además también habla sobre el tedio que sentía el cantante frente a las especulaciones que la prensa hacía sobre su infancia traumática (“...that legendary divorce is such a bore...”). Le siguen canciones más oscuras, cargadas de la distorsión y las pesadas guitarras que hicieron célebre a la banda, tales como Scentless Apprentice o Radio Friendly Unit Shifter. Un tema destacado es Frances Farmer Will Have Her Revenge on Seattle, donde Kurt expresa su ira frente al trato que le han otorgado los medios a través de la historia de la actriz Frances Farmer, natural de Seattle, quien fue recluida en una institución mental tras ser perseguida por alcohólica, violenta, comunista y esquizofrénica.

Quizá el tema central del disco es el single Heart-Shaped Box, que presuntamente nos habla sobre la relación amorosa entre Cobain y Courtney. La canción combina a la perfección pasajes calmados, cantados con los característicos murmullos de Kurt, con un estribillo furioso, acompañado de contundentes rasgueos de guitarra. El videoclip es sencillamente genial, repleto de símbolos y temas que obsesionaban a Cobain como los fetos o la anatomía femenina (los cuales también aparecen en el collage que sirve de contraportada del LP). Dirigido por el fotógrafo y director holandés Anton Corbijn, se hizo con el premio MTV al mejor videoclip alternativo en 1993.

En definitiva, In Utero es, en mi opinión, el mejor disco de Nirvana. A diferencia de su predecesor Nevermind contiene canciones de temática más oscura, con connotaciones sonoras más sucias y desligadas de posibles corrientes comerciales. Escuchar el último de los discos de Nirvana es asistir al ocaso de un genio, percibir la agonía de un joven extraordinario que, pese a aprovechar las oportunidades que la vida le otorgó, fue devorado por la vorágine que su propio talento fue capaz de engendrar. Es el testamento de una víctima de las discográficas, las drogas y la propia angustia emocional. Su legado, musical y espiritual, seguirá siendo argumento suficiente para acallar cuantas críticas pueda despertar su ya legendaria figura.

Los 90 nos dieron algo extraordinario y también nos lo arrebataron. Descansa en paz Kurt Cobain.


"I miss the confort in being sad..."

Heart-Shaped Box (videoclip)



Discover Nirvana!

3 de junio de 2008

The Doors - Strange Days (1967)



TRAS LAS PUERTAS DE LA PERCEPCIÓN

A cualquier apasionado de la música que nos legó la célebre banda californiana le resultará difícil elegir su álbum predilecto. La discografía de The Doors está plagada de grandes éxitos, temas que han sonado en todas partes hasta la saciedad, pero también de canciones menos populares que con los años se convierten en pequeñas joyas aún por descubrir. Se trata de una música imperecedera, que no se devalúa con el paso del tiempo, todo lo contrario; en ella se continúan descubriendo nuevas facetas, mensajes y matices en los que antes no se había reparado. Por eso resulta difícil escoger un disco concreto.

Habitualmente se encumbra a L.A. Woman, último álbum de grupo, como el mejor de sus trabajos y a The Soft Parade como el más discreto. Pero todo es cuestión de opiniones. Lo que sí podemos afirmar, tal vez con mayor rotundidad, es que Strange Days es el más oscuro y psicodélico de todo ellos. The Doors presentaron un segundo LP que repetía las fórmulas de su debut pero que incrementaba, si cabe, los matices lisérgicos con los que envolvían sus melodías.

Las puertas de la percepción (cita de un poema de William Blake que dio nombre a la banda) se abren aquí de par en par para revelarnos aquello que escapa a nuestros sentidos. La profunda y seductora voz de Jim Morrison penetra en nuestra psique como pocas lo han hecho en la historia de la música, convirtiéndose en nuestro psicotrópico particular. Las suaves cadencias que acompañan temas como Moonlight Drive o I Can’t See your Face in my Mind evocan visiones de aquellos magníficos años 60, de las extensas playas de L.A. bañadas bajo la luz de la luna, de las enormes autopistas californianas y de su febril actividad. Elementos que inspiraron las letras de Morrison, a menudo menospreciadas por su aparente simplicidad, pero que esconden a un poeta de considerable talento. Otras piezas destacan también por su vaporosa melancolía, tales como Unhappy Girl o en You’re Lost Little Girl, donde el Rey Lagarto nos muestra su faceta más sensible sin caer en absurdos romanticismos. Aparecen, al mismo tiempo, algunas pistas de corte rock como Love me two times o My eyes have seen you que se han convertido ya en auténticos clásicos del género. Sin embargo, bajo mi punto de vista, el gran éxito que define mejor la tonalidad del disco es la canción que le proporciona su nombre, Strange Days. En ella la poderosa voz de Morrison retumba en nuestros oídos, perturbando nuestra alma cual misterioso chamán que, temeroso, invoca a dioses prohibidos y olvidados. Pura fascinación.

Del mismo modo que la soberbia The End servía de colofón al impresionante disco debut, The Doors cierran este segundo trabajo con una pieza que sería clave en su discografía: When the Music is Over. Pista de considerable duración, Morrison alcanzaba con ella momentos de arrollador magnetismo en sus actuaciones en directo, convirtiendo la canción en una auténtica experiencia psicodélica del público. El tema constituye una hipnotizante sacudida a nuestra conciencia colectiva por el maltrato al que hemos sometido al planeta. 40 años después, la letra parece seguir más vigente que nunca, pero no quisiera aventurarme a intentar descifrar el contenido de las canciones de The Doors; su auténtico mérito reside precisamente en su carácter enigmático, susceptible de un sinfín de interpretaciones.

Finalmente, no puede concluirse la reseña sin mencionar a los brillantes músicos que componían la banda, quizá injustamente relegados a un segundo plano a causa de la fascinación despertada por su líder Jim Morrison. Tanto el teclista Ray Manzarek, como el batería John Densmore y el guitarrista Robbie Krieger son artífices de este destacado grupo que combinaba a partes iguales blues, pop, rock y psicodelia. Ellos, en la misma medida que el Rey Lagarto, han hecho y harán disfrutar a un sinfín de generaciones.


"Before I sink, into the big sleep
I want to hear, I want to hear
The scream of the butterfly"




8 de abril de 2008

The White Stripes - The White Stripes (1999)



MÚSICA CRUDA Y SIN CONCESIONES

Como ya comentábamos con Wolfmother, son muchas las bandas que debutan con un primer disco sensacional que acapara toda la atención de la crítica. La dificultad radica en lanzar un segundo trabajo decente, que cumpla las expectativas y permita empezar a cimentar una carrera musical.

En el caso de The White Stripes, las canciones que conforman su primer LP lanzado a finales de los 90 tampoco podían revelarnos lo que nos depararía el futuro. Jack White es uno de esos músicos completos, de esos genios virtuosos de la guitarra que surgen cada ciertos años para fascinar al gran público y cuyo siguiente paso resulta siempre imprevisible. Lo que sí quedaba claro es que continuaría sacando discos. La calidad de las 17 pistas, muchas de ellas covers de otros artistas, era sorprendente.

Hoy por hoy es el líder de uno de los grupos de rock más admirados del momento, además de poseer una segunda banda junto a Brendan Benson, The Raconteurs, que está apunto de sacar su segundo álbum al mercado. Pero en aquellos tardíos años noventa, el músico de Detroit no era más que un muchacho inseguro, obsesionado por el blues y la simplicidad. Pese a ello, el primer trabajo fue una valiente apuesta por una visión muy particular de entender la música rock. The White Stripes nacían con la voluntad de rememorar viejos sonidos, de recuperar las raíces del blues ya en desuso y con el constante objetivo de encontrar la belleza en la austeridad musical. En este sentido, el grupo está integrado únicamente por Jack (voz, guitarra y teclado) y Meg White (batería), y posee una cuidada puesta en escena que, tanto en lo que a escenario como a vestuario se refiere, juega con 3 únicos colores: blanco, rojo y negro. Su posterior disco, De Stijl, que toma el nombre de un movimiento artístico holandés de principios del siglo XX que promulgaba la sencillez de las formas y la organización del espacio, serviría de confirmación. Simplicidad ante todo. Música cruda, sin concesiones ni artificios. La pareja de Detroit trasladó esos principios a sus actuaciones, logrando resultados sorprendentes.

Pero el disco debut se diferencia de posteriores trabajos por poseer una sonoridad sucia que pretende rememorar viejas grabaciones (Jack es un fanático de los vinilos) y muestra importantes influencias de grupos como Led Zeppelín o The Stooges. Lo cierto es que la música de The White Stripes es difícil de encuadrar en un estilo determinado. Por ejemplo, este primer trabajo contiene versiones de canciones de Robert Johnson (Stop Breaking Down), Bob Dylan (One more cup of coffee), Son House (Cannon) o Joe Primrose (St. James Infarmary Blues). Las piezas propias, además, muestran influencias dispares provenientes del garage de los 60, el country o el blues más tradicional. Con el tiempo el grupo confirmaría este amplio espectro de estilos musicales con los que constantemente nos sorprenden.

La espectral voz de Jack, cuyo tono agudo parece hacernos rememorar épocas ya olvidadas, es otro de los detalles que cautivan rápidamente al escuchar el disco. El cantante muestra una enorme variedad de registros, mostrándose crudo y áspero para entonar posteriormente con gran sensibilidad. Para acabar de fascinarnos, rasga su guitarra con fiereza y se pierde en magníficos solos que erizan los pelos de la nuca. En Suze Lee y Fought Piranhas demuestra un gran dominio del slide y un talento innato para el blues. La sección rítmica es quizá el punto flaco del grupo; Meg White cumple a la perfección su papel de niña de aspecto inocente que aporrea la batería, pero no posee excesivas aptitudes. En su defensa cabe argumentar que jamás pensó en dedicarse a la música y que aprendió a tocar cuando su compañero le propuso crear el grupo.

Si hablamos de las canciones, a priori parece difícil versionar temas tan admirados como Stop Breaking Down y One more cup of coffee y extraerles más jugo, darles una nueva vuelta de tuerca. En casos como estos es fácil decepcionar al oyente que tan habituado está a escuchar a Johnson y Dylan repetir las mismas palabras hasta la saciedad. The White Stripes reinventaron, no obstante, esas canciones y las conviertieron en clásicos propios. Algo similar harían tiempo después con I just don’t know what to do with myself de Dusty Springfield, cover que se ha convertido en uno de los temas más celebrados en sus conciertos.

La verdad es que con el paso de los años The White Stripes han evolucionado bastante, intentando descubrir nuevas fronteras musicales, a veces con éxito y otras sin él, pero sin abandonar las pautas marcadas en su primer disco. Se trata de una escucha obligada que probablemente sorprenda a quienes simplemente han disfrutado con Seven Nation Army en cualquier discoteca de turno. Vale la pena, os lo aseguro.

"And my baby's my common sense
so dont feed me planned obsolescence
yeah my baby's my common sense
so dont feed my planned obsolescence
im about to have another blowout
im about to have another blowout"




28 de febrero de 2008

Johnny Winter - Still alive and well (1973)




EL ALBINO CON ALMA DE BLUES

Regresamos al blues y lo hacemos de la mano del único gran bluesman albino de la historia. Es al menos paradójico que una música tradicionalmente concebida por y para afroamericanos haya sido dominada a la perfección por un tejano que vino al mundo con una ausencia total de pigmentación congénita. Johnny Winter, nació en 1944 e inició su dedicación a la música con apenas 15 años. Por esa época, mientras formaba junto a su hermano Edgar su primera banda, empezó a asistir a conciertos de blues de grandes maestros como Muddy Waters o B.B. King. Cuentan que era ciertamente curioso observar a los dos hermanos albinos frecuentar recitales de ese tipo, donde la gran mayoría del público era de color. Desde luego, el aspecto raquítico y místico de Winter es una de las razones de su celebridad; su sola presencia en el escenario impresiona a cuantos acuden a escucharle tocar.

La música y la técnica que despliega son, sin embargo, dignas de un talento sin igual. A raíz de un artículo publicado en 1968 por la revista Rolling Stone, Winter se dio a conocer ante el público y su popularidad empezó a crecer como la espuma. Mostrando un excepcional dominio de la guitarra –está considerado uno de los mejores guitarristas de la historia– inició su carrera de forma meteórica, codeándose en poco tiempo con célebres músicos como Santana o Jimi Hendrix y participando incluso en el histórico festival de Woodstock ’69 donde tocó uno de sus grandes éxitos Mean Town Blues.

Es difícil escoger un disco entre su carrera. En la actualidad Winter sigue tocando y haciendo tours periódicos pese a su avanzada edad y delicado estado de salud. Es un hombre que vive por y para la música. Tras estas décadas nos ha legado infinidad de discos de incuestionable valor, evolucionando de un blues progresivo a un rock and roll de corte muy particular, propio de los 70, regresando después nuevamente a sus raíces musicales, ancladas en el Mississippi.

Quizá uno de sus trabajos más apreciados es Still alive and well, lanzado en 1973 y donde Winter entrega una de sus mejores grabaciones en estudio. El albino se halla aquí en pleno proceso de inmersión en el rock más puro y duro. Sin poder abandonar su más que evidentes influencias bluseras, el guitarrista nos deja algunas canciones como Rock me baby, Let it bleed o Can’t you feel it que cautivan por su voz furiosa y su rápida guitarra, siempre presta a los solos más estremecedores. Pero también existen temas de carácter country como la pegadiza Ain’t nothing to me o la acústica Cheap tequila que completan un disco casi redondo, perfecto para iniciarse en la música del Sr. Winter.


"We all need someone we can lean on
And if you want it, you can lean on me
We all need someone we can lean on
And if you want it baby, well you can lean on me"






13 de febrero de 2008

Wolfmother - Wolfmother (2005)




REGRESANDO AL HARD ROCK DE LOS 70

Cuando el panorama rock actual parecía dividido entre los grupos indie y las bandas comerciales para adolescentes, aparecieron estos australianos herederos musicales de Led Zeppelín, Black Sabbath o AC/DC. Miles de artículos se han escrito sobre ellos en los últimos años puesto que el número de ventas y la publicidad ofrecida por MTV han calado hondo en el público. Wolfmother ha logrado encumbrarse como una de las bandas de hard rock más apreciadas de la actualidad con tan sólo un primer disco debut.

Sin embargo, el peso que recae sobre ellos y las dichosas comparaciones con célebres grupos de los 70 son realmente peligrosos. Habrá que ver como evolucionan cuando publiquen su siguiente trabajo, no obstante, es difícil no dejarse llevar por la emoción al escuchar su primer álbum. Y es que estos muchachos prometen.

La figura de Andrew Stockdale, líder, guitarra principal y vocalista, es en parte una de las claves del éxito del grupo. Su look retro y su voz aguda y chillona le dan un toque sumamente característico a la banda. Complementan el grupo el teclista y bajo Chris Ross y el batería Miles Hewett.

El disco no tiene desperdicio. Su primer single Woman, uno de sus mayores éxitos, es una pieza de corte rock & blues que acelera las pulsaciones y nos introduce acertadamente en la música de la banda australiana. Pero también existen los medios tiempos como White Unicorn, Where eagles have been o Mind’s Eye donde Stockdale hace gala de sus dotes vocales y el teclado cobra protagonismo envolviendo la atmósfera de una misteriosa y épica lisergia.

Encontramos después algunas canciones de carácter más garajero como Dimension o Apple Tree, donde las guitarras, con un sonido más sucio, vuelven a enfurecerse. Finalmente destacar también Pyramid, una auténtica joya con un riff enérgico que engancha desde la primera escucha, la canción con cortes folk Vagabond, y las piezas Love Train y Tales from the forest of gnomes que aportan algo de innovación al disco y nos impiden clasificarlo como un trabajo más de hard rock. Wolfmother parecen haber llegado con intención de descubrir nuevas fronteras de la música rock sin abandonar en ningún momento ese toque retro que tanto nos apasiona y que nos hace rememorar épocas doradas.

Señalar, además, que tuve ocasión de verlos en directo y no decepcionan en absoluto. Entre el repertorio antes citado incluyeron el tema Pleased to meet you que han compuesto para la BSO de Spiderman 3; la versión en directo incluye un puente de larga duración con solos de guitarra y órgano fascinantes.

En fin, Wolfmother son una promesa frente a la que han surgido grandes expectativas. Por el momento, los ingredientes implican que el manjar sea apetitoso: rock duro pero a la vez melódico, riffs poderosos, espléndidos solos de guitarra y teclado de ambientación psicodélica. Agitar y consumir preferentemente a máximo volumen. Veremos si los segundos platos son igual de exquisitos.


"Purple haze is in the sky,
see the angels wicked eye,
all these things we must try,
'Til we see the reasons why, oh yeah"





Discover Wolfmother!

7 de febrero de 2008

Fleetwood Mac - Then play on (1969)


LAS DOS CARAS DEL LSD

Es bien sabido que durante la época de los 60 las drogas jugaron un papel decisivo en la cultura y, especialmente, en la música. Se trata de un período de nuestra reciente historia de enorme fecundidad e innovación en lo que a desarrollo musical se refiere, y esta ruptura con etapas anteriores obedece a una apertura de ideas radical que se asienta, en parte, en el uso indiscriminado de los ácidos. Pero el abuso de estas sustancias implicó también aspectos sumamente negativos que arrastraron consigo a genios como Hendrix o Jim Morrison.

Peter Green, líder, guitarrista y vocalista de la banda británica de blues rock Fleetwood Mac, es un claro ejemplo de esta peligrosa doble vertiente que supuso la utilización masiva del LSD. Por una parte, abrió su mente y le permitió madurar grandes discos que le encumbran como figura clave del blues de los 60, por otra, le generó graves problemas psicológicos que contribuyeron al desarrollo de una esquizofrenia a mediados de los 70.

Then play on fue el cuarto álbum de esta banda británica nacida en 1967. Si bien los primeros trabajos se asentaban en el blues rockero más tradicional, con versiones de grandes clásicos que seguían la estela de las colaboraciones de Green con grandes del blues como John Mayall, en este cuarto LP se aprecian importantes cambios. Realmente muchos consideran Then play on como el mejor disco de los tempranos Fleetwood Mac –que más tarde, con integrantes diferentes, se convertirían en un grupo de pop de bastante éxito que poco tiene que ver con los inicios de la banda-, aunque difiere algo del estilo con el que el grupo se había iniciado. Se aprecian en el disco notables trazos psicodélicos, piezas instrumentales de gran energía y colores melancólicos.

El trabajo de las guitarras llevado a cabo por Peter Green y Danny Kirwan es extraordinario y revela una fuerza especial en los pasajes Searching for Madge y Fighting for Madge, así como en la famosa Oh well, que se ha convertido en un auténtico clásico. Bajo mi punto de vista, sin embargo, las canciones más destacadas son Rattlesnake Shake y Although the sun is shining, la primera por constituir un ejemplo perfecto del blues rock furioso de los Fleetwood y la segunda por mostrar esa otra faceta mística y etérea que caracteriza al disco. Debemos citar también al batería Mick Fleetwood y al bajo John McVie como cómplices de este fabuloso y fascinante álbum que no debería faltar en la colección de cualquier buen amante de la música.

Sin embargo, Peter Green acabaría abandonando el grupo poco después de este trabajo. Agonizaban los 60 cuando, en plena gira europea, Green padeció un mal viaje de LSD que le tuvo fuera de órbita durante tres días seguidos. Según comenta él mismo, jamás regresó de ese periplo. Su mente se perdió para siempre; obsesionado con la espiritualidad y hastiado de la notable popularidad que había alcanzado la banda, decidió dejarlo todo. Hizo un disco experimental en solitario, The end of the game, y salvo contadas colaboraciones desapareció del panorama musical durante la siguiente década. Green pagó un elevado precio por su inspiración, a nosotros nos queda disfrutar de ella.


"Now, when I talked to God I knew he'd understand
He said: Stick by my side and I'll be your guiding hand
But don't ask me what I think of you
I might not give the answer that you want me to"





Discover Fleetwood Mac!

23 de enero de 2008

Smashing Pumpkins - Siamese Dream (1993)


UNO DE LOS MEJORES DISCOS DE LOS 90

La historia de la grabación de este extraordinario LP es un claro ejemplo de cómo las adversidades pueden instar al hombre a sobreponerse y superarse a sí mismo, obteniendo después resultados sorprendentes. Smashing Pumpkins, célebre banda de Chicago formada en 1988, disuelta en el 2000, y rescatada de nuevo en 2007 por su líder y mentor espiritual Billy Corgan, grabó su segundo álbum de estudio entre diciembre del ’92 y marzo de ’93. El proceso estuvo marcado por todo tipo de incidentes y tensiones que dificultaron enormemente el trabajo y, sin embargo, el grupo obtuvo, a mi parecer, el que ha sido el mejor disco de su carrera hasta el momento.

Pero remontémonos a aquellos inicios de la década de los 90, donde Nirvana había revolucionando el mercado musical y, aderezando el grunge con algunos arreglos poperos, había conseguido ventas inimaginables. Los Pumpkins habían debutado con un disco notable, Gish, y disponían de una ocasión valiosa para asentarse en el panorama musical de la época. Los integrantes originales de la banda –hoy sólo quedan Corgan y el batería Jimmy Chamberlain- se reunieron en Marietta, Georgia, para dar forma a su nuevo LP. Sin embargo, pronto empezarían a surgir las dificultades.

Chamberlain había desarrollado una grave adición a las drogas y empezó a ausentarse durante días enteros, entorpeciendo gravemente las grabaciones. Mientras tanto, Billy Corgan, cuyo extraordinario genio musical es solamente proporcional al tamaño de su ilimitado ego, empezó a sufrir colapsos nerviosos que le condujeron a solicitar ayuda terapéutica. La presión a la que estaba sometido para que el proyecto concluyera exitosamente, su afán de superación y su imperiosa necesidad de controlar hasta el más mínimo detalle de las grabaciones generaron agrias discusiones con el co-productor Butch Vig y con el resto de los componentes de la banda. Al parecer, Corgan se obsesionó hasta tal punto en conseguir la perfección en cada pista que interpretó por sí mismo las tomas que el guitarrista James Iha y la bajista Wretzky D’Arcy habían grabado para algunas canciones. Evidentemente, el incidente provocó fuertes tensiones en el seno de la banda que jamás desaparecerían; Iha se aisló en sí mismo y D’Arcy se encerraba en el lavabo durante horas mientras Billy ejercía su papel de tirano a la perfección.

No obstante, cabe reconocer que el febril trabajo llevado a cabo por el líder de la banda fue determinante para conseguir un álbum depurado que suena a las mil maravillas. Se dice que trabajaba 16 horas diarias y que dedicaba días enteros para conseguir unos escasos segundos de canción. Puede parecer enfermizo, pero lo cierto es que Siamese Dream alcanza cotas de riqueza y armonía sonoras pocas veces descubiertas en un disco de rock. El único problema para los oídos de los fans es que los directos pierden lógicamente ese grado de sublime perfección y puede por ello cuestionarse el mérito del disco. Bajo mi punto de vista, los sentimientos que despiertan las 13 pistas de Siamese Dream, los cambios que experimenta el oído de quien lo descubre y se deja llevar por el catártico equilibrio de sus pesadas y etéreas guitarras, por la suave y a la vez rabiosa voz de Corgan que, cual ángel y demonio unificados es capaz de arrullar nuestro espíritu para después zarandearlo con una furia inaudita, son suficientes para ensalzar esta espléndida obra sin cuestionar su auténtico mérito. Mi descubrimiento y quien me reveló tales secretos transformaron para siempre mi concepción de la belleza y la música como complementos inseparables, y esa es una facultad que únicamente puedo achacarle a contados discos de cuantos he escuchado.

Analizando las canciones descubrimos a un Corgan entregado, que hace gala de una sutileza y sensibilidad conmovedoras. Lo cierto es que el disco está preñado de tristeza, tristeza que siempre ha sido símbolo de identidad de la banda de Chicago. Como comentaba Homer en un capítulo de los Simpsons al toparse con el personaje de Billy Corgan: “gracias a tu triste música mis hijos han dejado de soñar en un futuro que no puedo pagarles”. Pero lejos de desalentar, creo que las canciones de Smashing Pumpkins deleitan los sentidos y le hacen a uno abandonarse a la melancolía, que no es otra cosa que el placer de estar triste.

Canciones como Soma o Mayonaise son probablemente lo mejor de LP; largas baladas con plañideras guitarras que evidencian esta maravillosa tristeza a la que me refiero. Después existen piezas clave como Cherub Rock que abre el disco con una ácida crítica a la industria de la música independiente; Spaceboy, dedicada a un hermano menor de Corgan que sufre de invalidez; Today, primer single que se ha convertido en una de las canciones más célebres del grupo; Luna, relajante nana ideal para conciliar el sueño; Hummer, vivo ejemplo del rock progresivo que caracteriza todo el disco, etc. Me temo que no hay desperdicio alguno.

Siamese Dream recibió una buena acogida del público y se situó en el top ten del Billboard. Obtuvo, además, dos nominaciones a los Grammy en las categorías de Mejor Album Alternativo y Mejor Actuación Vocal de Hard Rock. Sin embargo, el futuro le depararía a la banda éxitos aún mayores con su siguiente álbum Mellon Collie and the Infinite Sadness que les conduciría a los alto de todas las listas y les consagraría como grupo de culto.

“So let the sadness come again
On that you can depend on me, yeah
Until the bitter, bitter end of the world, yeah
When god sleeps in bliss...”



22 de enero de 2008

Tim Buckley - Happy Sad (1969)


MÚSICA PARA ALIMENTAR EL ALMA

Pocas veces el mundo de la música engendra un talento tan brillante y polifacético. Tim Buckley, joven cantautor estadounidense nacido en 1947, se erigió como uno de los más destacados y prometedores músicos de la década de los 60, rechazando inicialmente etiquetas y modas que pudieran condicionar su inmensa obra. Hoy por hoy, haciendo balance de su corta pero prolífica carrera, sería difícil asignarle un género en especial, pues experimentó con el folk, el pop, el rock, la psicodelia y el jazz sin caer en tópicos estilísticos. Lamentablemente, y como era frecuente en esa época, la muerte nos arrebató prematuramente su voz: el 29 de junio de 1975 Tim Buckley moría por sobredosis de heroína dejando tras de sí varios discos de cautivadora y arrebatadora belleza.

Happy Sad es uno de esos maravillosos ejemplos; 6 conmovedoras canciones que reflejan el alma de un muchacho de 21 años que parecía haber vivido ya cientos de ellos. Desde el punto de vista musical, los ritmos jazzísticos predominan en este disco de lisérgica melancolía, donde la sorprendentemente versátil voz de Buckley se funde con las mágicas notas de un vibráfono en Love from room 109 at the islander o con los tribales ritmos de los tambores de Gipsy Woman. Resulta difícil encontrar hoy en día álbumes con tantos matices sonoros, donde cada escucha suponga un nuevo descubrimiento. Dream letter es, en mi opinión, la pieza clave y sin embargo resulta difícil de definir. Basta con escucharla en algún lugar tranquilo, en silencio, tal vez en la cama apunto de dormir, para comprobar que nos hallamos ante un músico extraordinario que poseía la innata habilidad de alcanzar y estremecer el alma humana.

El escaso carácter comercial de un disco de estas características supuso para Tim Buckley un escollo difícil de superar. Continuó su carrera, incrementando si cabe su afán por la constante experimentación. De hecho, me atrevería a afirmar que escuchando sus primeros discos, Happy Sad constituye una transición entre el estilo más folk de sus primeros trabajos y la adopción de un estilo barroco, donde las canciones ganan en complejidad con la aportación de nuevos instrumentos. Sin embargo, el desencanto de los escasos éxitos comerciales y sus tormentos personales le arrastraron a una vorágine de drogas y depresión que marchitaron su vida y ensalzaron su obra. Y es que, lamentablemente, tragedia y reconocimiento suelen ir de la mano; triste destino para los artistas que procuran vivir de su música.

"Oh, please, listen darlin' to my empty prayers,
sleep inside my dreams tonight..."





Discover Tim Buckley!